sol paez vilaro

Entrevista a Carlos Páez Vilaró por sus 90 años

Llamadas en el puerto de Punta del Este, una sesión especial en las cámaras, festejo en su Casapueblo con la visita del presidente, por todos lados celebración. Solnoticias compartió cada una de esas instancias.

Compartimos una de las tantas conversaciones con Don Carlos.

El atardecer no sólo es un momento del día para este artista que tiene su obra plagada de imágenes del sol y la luna. “El sol es mi amigo más antiguo. Toda mi pintura nació en el camino del sol, tanto bajo el verde selvático africano o el azul transparente de los mares del sur”, afirma y por eso, estará también invitado a su cumpleaños. Y cuando se marche dejará lugar a otra invitada especial: la luna. “Tiene un especial significado para mí. En los días tristes de la búsqueda de mi hijo sobreviviente de la tragedia de los Andes, la imagen de la luna nos mantenía unidos mientras la observábamos a ambos lados de la montaña sin podernos ver”, dice.

Páez Vilaró es padre de seis hijos y casi todos ellos tienen una vinculación con el arte. Los primeros tres son Carlos Miguel, Agó, que es pintora, y Mercedes, decoradora. De su segundo matrimonio, también nacieron tres hijos en la Argentina: Sebastián, que vive en Casapueblo Tigre donde tiene su taller de grabados, Florencio, que quiere ser DJ, y Alejandro, que quiere ser chef.

Retrospectiva. Páez Vilaró nació y se crió en Uruguay, pero su vida artística la empezó en la Argentina en la década del ’40, cuando a los 18 años decidió independizarse y se vino a Buenos Aires. Desde entonces, su alma y su arte pasan de un lado al otro de la frontera constantemente sin decidirse por una orilla u otra del río. “Tengo una pierna puesta en Uruguay y una pierna puesta en la Argentina, me siento con eso el pintor del medio del río. Pero si tengo que elegir un lugar para descansar, no es la palabra para morir, me gustaría que fuera en la Polinesia, en los archipiélagos de Tahití, Bora Bora. Lugares donde yo viví, donde instalé mi taller, donde pinté a la sombra del viejo Gauguin”….

Los 90 no son un cumpleaños más, son una invitación a la reflexión sobre todo lo que pasó en su vida en la que no faltaron excursiones al África, incursiones en la arquitectura, la pintura, la escultura, la literatura y hasta el cine. “Es como una especie de recuento de donde uno ha andado, de arrepentimiento por las cosas en las que no fueron bien, de felicidad por algunos logros. Cumplir 90 años obliga a hacer un balance. Yo, últimamente, estoy haciendo un inventario de toda la obra que quiero donar al museo de Casapueblo para que esto siga andando. No es una auditoría porque la vida mía está orientada hacia el futuro, pero sí es una chance de hacer un recuento y en este momento lo estoy haciendo”, explica. Ese recuento le sirvió de inspiración para la muestra que hizo en el museo de Tigre a mediados de este año, donde se propuso exponer el color de los 90 años.

Pero la llegada inminente de la novena década no es ni la primera ni la única ocasión para desempolvar recuerdos y zambullirse en la memoria para recordar. Hace un tiempo el libro “Postdata” también lo llevó por esos caminos. “Me parece que el acierto del libro fue el título porque siempre me queda algo para recordar”, reconoce sobre la obra donde volcó las anécdotas y momentos de su vida. “Creo que cuando se llega a cierta edad uno tiene ganas de contar sus cosas y a veces digo, qué viejito, qué memoria. Uno quiere dejar el testimonio del rastro de su caminata. Las obras que quedan son un poco la prolongación de tu esfuerzo por la vida”, dice el creador de Casapueblo en Punta del Este, y años más tarde su versión argentina en Tigre.

–¿Cuál es la fórmula para estar tan activo?

–La fórmula para mí es muy fácil y la recomiendo: primero tener proyectos, sobre todo inalcanzables, para nunca sentirte que llegaste y luchar por hacer cosas. Para mí el intento es mucho más importante que el hallazgo. Otro detalle que me ayuda muchísimo es estar cerca de la juventud. Me estimula, me da coraje, yo aprendo mucho de los jóvenes. Si vas a una exposición de pintura mía vas a encontrar que hay juventud en los cuadros pero también hay juventud que te rodea, hay colegiales, estudiantes, que son los que me enseñan más.

–¿Los jóvenes lo buscan como maestro o guía para pedirle consejo u opinión? 

–Sí, pero yo aprovecho la oportunidad para pedirlo yo el consejo. Soy una especie de aspiradora.

Mis hijos me alimentan mucho también. Sebastián es también artista y hace muchas cosas en bronce y tiene un barcito que más que un barcito es una creación. Alejandro, que tiene una taberna en Las Grutas del Uruguay; Florencia el otro día me impresionó mucho ver cómo mezcla los sonidos como yo mezclo los colores. Así que estoy acompañado desde el entusiasmo de tres chicos que son jóvenes, que se unen a mis otros hijos uruguayos. O sea, que los seis hijos que tengo, de dos matrimonios diferentes, todos salieron un poco vinculados con la creación.

– ¿Le  hubiera gustado tener un maestro para consultar? 

-A los 18 años empecé a trabajar en Barracas como cajista de imprenta y tuve la chance de conocer a los grandes dibujantes de la época. Yo podía ver las revistas desde que nacían, las leía antes de que salieran a la calle. Por eso, tuve la oportunidad de conocer el arte de aquellos primero dibujantes y traté, no de imitar, pero sí de seguir su camino. Para mí fue muy alentador porque me atreví a iniciar en los primeros dibujos que después me transformaron… iba a decir en un artista pero hace 70 años que busco el arte y aún no sé si lo encontré.

-¿Quién fue la primera persona a la que le mostró su obra? 

–Siempre estuve pidiendo opiniones. Recuerdo muy bien a Santiago Fuentes Uría, el arquitecto que adquirió uno de los primeros cuadros míos; e Ivonne Perrier de Rie que era una maravillosa mujer que compró el primer cuadro que expuse en la galería, en la calle Florida 914, que era una galería muy prestigiosa. Yo colgué mis cuadros en los mismos clavos que colgó los suyos Soldi. Desde un primer momento yo fui muy alentado y apoyado.

–Cuando se le ocurrió pintar por primera vez, ¿pensó en que iba a hacer semejante recorrido?

–Yo nunca soñé con que iba a ser pintor, para mí era llevar contra el lienzo emociones que yo sentía alrededor de las comparsas de los negros, del paisaje de los pescadores. Pero nunca soñé con que algún día iba a tener la oportunidad de hacer una exposición. A veces me río, porque cuando veo los catálogos y hago un recuento de las exposiciones que hice en el mundo, no sé si fui yo o quién las hizo. Creo que ahí tuvo mucho que ver Dios.

– ¿Es una persona de fe?

–Yo creo que todos tenemos la seguridad de que el timonel de la barca está ahí para ayudarnos. Yo creo en Dios, soy un mal católico, nunca voy a misa, un desastre. Pero está conmigo, sé que me acompaña y me ayuda. Cuando digo, estoy solo, no hay soledad porque con Dios estoy acompañado.

–Hay un dicho en Uruguay que es: “no te duermas en la playa porque pasa Páez Vilaró y te pinta”, ¿qué hay de cierto en eso? 

–Es verdad, porque yo en un espacio en blanco tengo siempre un desafío. Para mí la pared en blanco es un grito de desafío. En todos los restaurantes que he visitado en mi vida tienen un plato mío hecho, que he dejado en el camino hecho con mis crayones. Y no hay pared que yo resista.

– ¿De chico también dibujaba las paredes de su casa? 

–Sí, yo siempre fui muy inquieto en mi niñez. Además, era gran coleccionista, me apasionaba coleccionar insectos, mariposas, esculturas de jardín, estampillas de correo. Era un gran coleccionista de objetos y de cosas, hasta que me cansaba y pasaba a otra colección.

–Probó por varias ramas del arte, ¿hubo algún intento que no le haya gustado cómo resultó? 

–Yo de entrada me siento un atrevido, un inquieto atrevido, buscador de felicidad, me siento realmente muy contento de invadir ciertos campos. Entré en la cerámica sin ser alfarero, entré en la arquitectura sin ser arquitecto, entré en la pintura sin tener maestros. Fui un buscador de emociones e intenté hacerlo lo mejor posible. Quizás en el recuento del tiempo me arrepiento de muchas de las obras que estoy viendo.
–¿Qué va a caracterizar la obra de Carlos Páez Vilaró en los próximos años? ¿Qué cosas nuevas lo inquietan y quiere explorar en el arte? 

–Soy un buscador de sorpresas. Mi vida ha sido siempre investigación. No dudo que en el futuro seguiré abriendo puertas, para darme el placer de encontrarme con lo inesperado.

África mía 

El pintor Pedro Figari fue más que el inspirador de Carlos Páez Vilaró para sumergirse en la pintura, fue quien lo llevó por los caminos de la negritud, el candombe y la cultura africana, que fueron y son base de su obra. “A partir de eso recorrí todos los pueblos donde los afrodescendientes tenían presencia, así que partí para Perú, Colombia, Panamá, Brasil. Ahí aterricé en el África y eso prendió como una vacuna. Empecé a hacer murales en un momento afiebrado, donde había una tormenta política, había una revolución naciente, el negro trataba de soltarse el cinturón esclavista que le apretaba la panza para volver al dialecto.

Así que alrededor de toda esa aventura me fui encontrando con la pintura, totalmente sin maestros”, confiesa. El conventillo Mediomundo, en Montevideo, fue la puerta de entrada a esa cultura, ahí pasó mucho tiempo pintando y conociendo el ambiente que ahí se respiraba. Pintó sobre Lavanderas, velorios, navidades, mercados, bailongos.

En los ’60 se sumergió en África profunda, recorrió Senegal, Liberia, Congo, Camerún, Nigeria. Vivió tres meses con Albert Schweizer en su leprosario de Lambarere (Gabón). Este médico había dejado todo para curar leprosos en África. En varios lugares del continente quedó la marca de Páez Vilaró. Pintó murales en el Hotel Port Gentil (Gabón), en el destacamento militar de Largeau (República del Tchad), en el palacio presidencial de Brazaville (Congo), en el New Stanley Hotel (Kenya) y en el Comando Militar Casa del soldado (Douala, Camerún), entre otros.

El amor por África lo llevó a incursionar en el cine, con la película “Batouk”, hecha en 1967, cuando integró la expedición francesa Dalia, que cerró el Festival de Cannes.

Todos los años, cuando llega la época de Carnaval, el artista no se pierde la oportunidad de participar del momento de las “llamadas” de Montevideo (durante dos noches desfilan 40 agrupaciones de negros y lubolos por las calles de los barrios Sur y Palermo).  A lo largo de su viaje a la cultura africana, Páez Vilaró compuso candombes para las comparsas, pintó cartones, dirigió coros, diseñó dibujos de los trajes y desfiló en época de carnaval.

Nota:  Rosanna Freda

 

Llamadas en el puerto de Punta del Este, una sesión especial en las cámaras, festejo en su Casapueblo con la visita del presidente, por todos lados celebración. Solnoticias compartió cada una de esas instancias. Compartimos una de las tantas conversaciones con Don Carlos. El atardecer no sólo es un momento del día para este artista que tiene su obra plagada de imágenes del sol y la luna. "El sol es mi amigo más antiguo. Toda mi pintura nació en el camino del sol, tanto bajo el verde selvático africano o el azul transparente de los mares del sur", afirma y por eso, estará también invitado a su cumpleaños. Y cuando se marche dejará lugar a otra invitada especial: la luna. "Tiene un especial significado para mí. En los días tristes de la búsqueda de mi hijo sobreviviente de la tragedia de los Andes, la imagen de la luna nos mantenía unidos mientras la observábamos a ambos lados de la montaña sin podernos ver", dice. Páez Vilaró es padre de seis hijos y casi todos ellos tienen una vinculación con el arte. Los primeros tres son Carlos Miguel, Agó, que es pintora, y Mercedes, decoradora. De su segundo matrimonio, también nacieron tres hijos en la Argentina: Sebastián, que vive en Casapueblo Tigre donde tiene su taller de grabados, Florencio, que quiere ser DJ, y Alejandro, que quiere ser chef. Retrospectiva. Páez Vilaró nació y se crió en Uruguay, pero su vida artística la empezó en la Argentina en la década del ’40, cuando a los 18 años decidió independizarse y se vino a Buenos Aires. Desde entonces, su alma y su arte pasan de un lado al otro de la frontera constantemente sin decidirse por una orilla u otra del río. "Tengo una pierna puesta en Uruguay y una pierna puesta en la Argentina, me siento con eso el pintor del medio del río. Pero si tengo que elegir un lugar para descansar, no es la palabra para morir, me gustaría que fuera en la Polinesia, en los archipiélagos de Tahití, Bora Bora. Lugares donde yo viví, donde instalé mi taller, donde pinté a la sombra del viejo Gauguin".... Los 90 no son un cumpleaños más, son una invitación a la reflexión sobre todo lo que pasó en su vida en la que no faltaron excursiones al África, incursiones en la arquitectura, la pintura, la escultura, la literatura y hasta el cine. "Es como una especie de recuento de donde uno ha andado, de arrepentimiento por las cosas en las que no fueron bien, de felicidad por algunos logros. Cumplir 90 años obliga a hacer un balance. Yo, últimamente, estoy haciendo un inventario de toda la obra que quiero donar al museo de Casapueblo para que esto siga andando. No es una auditoría porque la vida mía está orientada hacia el futuro, pero sí es una chance de hacer un recuento y en este momento lo estoy haciendo", explica. Ese recuento le sirvió de inspiración para la muestra que…

User Rating: Be the first one !
0
Diciembre 26, 2013

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *