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A 65 años de la victoria mas trascendente y menos esperada de la Selección Uruguaya de Fútbol

El 16 de julio de 1950 Uruguay consiguió una gran e inolvidable victoria, pero cuya conmemoración fue completamente eclipsada por las impresionantes consecuencias que tuvo en el bando derrotado, el brasileño. La historia de la final de la cuarta Copa Mundial de la FIFA es, sobre todo, la de una derrota inesperada y chocante. Y de un silencio colectivo como nunca ha habido en el fútbol. Hoy se cumplen 65 años del Maracanazo.

Incluso entre los uruguayos, extasiados por un título que los mantenía invictos en participaciones mundialistas, nada llamó más la atención que el hecho de sentirse, de un momento a otro, en el medio de un gigantesco velatorio. “Jamás en mi vida he visto un pueblo tan triste como el brasileño después de aquella derrota. Era para ponerse a temblar”, recordaría años después Alcides Ghiggia, autor del tanto que culminó la remontada uruguaya y dio el título a los suyos, y también de un puñado de frases pintorescas para describir aquella tarde carioca. “Tan sólo tres personas, con un único gesto, han hecho callar a un Maracaná con 200.000 espectadores: Frank Sinatra, el Papa Juan Pablo II y yo”.

¿Ya ha ganado?
Entender por qué aquel partido se convirtió en emblemático, hasta el punto de recibir un epíteto, Maracanazo, por el cual es conocido en el mundo entero, implica más que lo sucedido dentro del campo. Da material para todo un libro, como así fue, además:Anatomía de una derrota, de Paulo Perdigão, publicado en Brasil en 1986. Para los brasileños, lo que parecía estar ya conquistado no era sólo el título mundial, sino la autoestima del pueblo. Perder el choque decisivo fue como un golpe que hizo a toda la nación desengañarse de la idea de que Brasil era el país del futuro, y el fútbol su mayor expresión de talento y creatividad.

Aquel era el último encuentro del cuadrangular final que decidió la Copa Mundial, y a Brasil le bastaba un empate. Pero a los anfitriones ni siquiera les pasaba por la cabeza la idea de igualar. No después de golear a Suecia por 7-1 y a España por 6-1, mientras que los uruguayos únicamente habían sido capaces de doblegar de manera ajustada a los suecos (3-2) y registrar un 2-2 ante los españoles. El centrocampista Zizinho cuenta: “En la víspera del partido, firmé más de dos mil fotografías con la frase ‘Brasil campeón del mundo”. Y el técnico brasileño, Flávio Costa, admitiría después: “El destino nos humilló. Una cosa fue decisiva: el ‘está ganado’ de los seguidores, de la prensa, de los directivos”.

Cambio de rumbo
Ese “está ganado” no se limitó a los días anteriores a la contienda: se adueñó del Maracaná durante casi todo el partido. Transcurridos tres minutos, el equipo local ya había obligado al arquero uruguayo, Roque Máspoli, a emplearse en dos ocasiones, una a tiro de Ademir y otra de Jair. Como en cada uno de sus cinco encuentros anteriores en el torneo, Brasil dominaba y atacaba más, pero eso no significaba que la Celeste Olímpicano tuviese oportunidades. La principal se produjo en el minuto 38, en un lanzamiento lejano de Óscar Míguez que golpeó el poste de Barbosa. ¿Podría haber sido el gol que… salvase a Brasil? Tal vez. Al menos según el uruguayo Máspoli: “Incluso la secuencia y el momento de los goles nos favorecieron. Si hubiésemos marcado en el primer tiempo, a Brasil le quedarían los quince minutos del descanso para tranquilizarse, cambiar la táctica e ignorar a la gente en el segundo”.

Pero la primera mitad terminó sin cambios en el casillero, a pesar de las 17 ocasiones de los brasileños y las seis con que respondieron los uruguayos. “Fue una primera parte cerrada, con el equipo uruguayo a la defensiva, sin dar ninguna pista de los contragolpes que nos sorprenderían en la segunda”, analizó el seleccionador brasileño, Flávio Costa, cuya previsión de un Uruguay peligroso se desvanecería todavía más en los primeros instantes del segundo periodo.

Con apenas un minuto y 18 segundos jugados, Zizinho avanzó en dirección al área y pasó a Ademir, quien asistió a Friaça para que marcase el que, en la cabeza de los 52 millones de brasileños, era el gol del título. “Era la certeza de que iba a comenzar la goleada a la que se había acostumbrado la afición”, recordó Costa. “El gol debía tranquilizarnos, pero provocó el efecto contrario, porque el pueblo comenzó a celebrar la victoria”.

El punto de inflexión
A quien pareció no importarle nada de lo que pasaba fue al capitán uruguayo, Obdulio Varela. En palabras de Óscar Míguez: “Obdulio se quedó un minuto gritando con todo el mundo: árbitro, asistentes, los brasileños, nosotros mismos. Y no soltaba el balón. Cuando fui a por él para reanudar el partido, gritó ‘o ganamos aquí, o nos matan’. Era una orden”.

Una orden de uno de esos capitanes no podía desobedecerse. En el minuto 21 del segundo tiempo, se repitió por 13ª vez en el partido un duelo en la punta derecha del ataque uruguayo: Ghiggia con el balón dominado en un mano a mano con Bigode. El habilidoso delantero superó a su marcador, corrió hasta la línea de fondo y cruzó raso para la finalización de Juan Schiaffino. “Se hizo un gran silencio”, recuerda el guardameta Máspoli. “En aquel instante, tengo la certeza de que todos los brasileños sintieron miedo de perder”.

Aunque le bastase el empate, la Seleção continuó atacando. Al fin y al cabo, no sabía jugar de otra manera, y le venía dando resultados hasta entonces. Pero el destino ya parecía estar trazado: “Lo que nos derrotó no fue el segundo gol, sino el primero”, confesó Flávio Costa. No obstante, nadie esperaba lo que ocurriría en el minuto 34 de la segunda mitad. De nuevo, Ghiggia frente a Bigode. Y el uruguayo volvió a imponerse. “Por el medio, venía corriendo otra vez Schiaffino, esperando el pase hacia atrás, como en el primer gol”, cuenta Ghiggia. “Barbosa también pensó en la repetición de la jugada anterior y se adelantó para cortar el cruce. Vislumbré la oportunidad de chutar directo a gol”.

Disparó. Su único tiro entre los tres palos en todo el encuentro. El balón se introdujo entre el poste izquierdo y el portero brasileño. Había ocurrido lo imposible, y Barbosa cargaría para siempre con un exagerado peso de culpable. “Fue la manera que encontré de entrar en la historia de Brasil”, lamentaría, con humor melancólico, el ex guardameta años después. “En este país, la pena máxima para un crimen es de 30 años. Yo no soy un delincuente y ya he cumplido diez más. Tengo derecho a dormir tranquilo”, clamaría en una entrevista realizada en 1994, seis años antes de su muerte.

Epílogo
Los brasileños aún intentaron atacar, algo que, en vista del estado de catatonia colectiva, serviría de poco. A las 16:45, cuando el inglés George Reader señaló el final del encuentro, envolvió el Maracaná un aura de incredulidad y tristeza tan densa que, incluso entre los uruguayos, el recuerdo es más de conmoción que de explosión de alegría. “Yo lloraba más que los brasileños, porque me dio pena ver cómo sufrían. Fue como si llorase por ellos. Todavía en el campo, cuando esperábamos a que nos entregasen la copa, tuve el impulso de correr hacia el vestuario. Estábamos todos muy emocionados”, rememora Schiaffino.

El propio Presidente de la FIFA en aquella época, Jules Rimet, dedicó a esos momentos posteriores al final del encuentro una parte interesante de su libro La historia maravillosa de la Copa Mundial: “A falta de algunos minutos para la conclusión del partido (que iba 1-1), dejé mi puesto en la tribuna de honor y, preparando ya los micrófonos, bajé a los vestuarios, ensordecido por los gritos del público. (…) Yo seguía en dirección al campo y, a la salida del túnel, un silencio desolador había ocupado el lugar de todo aquel júbilo. No había guardia de honor, ni himno nacional, ni entrega solemne. Me vi solo, en medio de la multitud, empujado hacia todos lados, con la copa bajo el brazo. Acabé por encontrar al capitán uruguayo y, casi a escondidas, se la entregué”.

Aquel gesto registraba oficialmente, para siempre, una victoria valiente y brillante de la cual los victoriosos protagonistas fueron los menos beneficiados. Y todo cuanto la rodeaba plasmaba, de forma más definitiva si cabe, una derrota aplastante y eterna, que ni los cinco títulos mundiales conquistados desde entonces por los brasileños han conseguido apagar por completo.

Uruguay 2-1 Brasil

Día: 16 de julio de 1950
Sede: Maracanã, Río de Janeiro, Brasil
Asistencia: 174.000
Árbitros: George Reader (ENG); Arthur Ellis (ENG) y George Mitchell (SCO)

Uruguay
Roque Máspoli, Óscar Míguez, Juan Schiaffino, Rubén Morán, Eusebio Tejera, Victor Rodríguez Andrade, Matías González, Obdulio Varela, Alcides Ghiggia, Julio Pérez, Schubert Gambetta. ENTRENADOR: Juan López

Brasil
Barbosa, Augusto, Juvenal, Bauer, Danilo Alvim, Bigode, Friaça, Zizinho, Ademir, Jair e Chico. ENTRENADOR: Flávio Costa

Goles: Friaça 47’, Schiaffino 66’ y Ghiggia 79’.

 

julio 16, 2015